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Mucho se ha dicho y escrito, y mucho se contará, acerca de todos los incidentes que tuvieron ocasión ayer, jueves 31 de marzo, en la Universidad de Antioquia y sus alrededores. Y, como orgulloso estudiante del Alma Mater, tuve la oportunidad de vivir todo esto en carne propia. Poniéndome en riesgo y con el temor propio de quien vive por primera vez una revuelta de este tipo, decidí permanecer en la Universidad para ser en enlace entre quienes estábamos adentro y el mundo exterior. Armado únicamente con el BlackBerry (que me permitió 'trinar' todo lo que veía) y con el amor a una profesión que apenas empiezo, fui al frente, esquivando piedras, papas-bomba, gases lacrimógenos y chorros de agua, para lograr contar la verdad de la manera más imparcial posible.  

Todo empezó alrededor de las 3:30 de la tarde, luego de terminar la sesión de la Asamblea general de estudiantes que se llevó a cabo en el Teatro al aire libre (TAL). Un par de 'papas' explotaron en algún rincón de la Universidad y el ESMAD (Escuadrón móvil antidisturbios) hizo su ingreso. De ahí en adelante lo de siempre: absoluto rechazo de la comunicad estudiantil, provocaciones de parte y parte, evacuación inmediata de todos lo que permanecían adentro y zozobra general. Miedo. El comienzo de la guerra.

Cuando en los medios dicen que "algunos estudiantes protagonizaron desmanes" están mintiendo. No eran algunos, eran muchísimos. Tantos, que se repartían por toda la ciudad universitaria. Unos, los más radicales, encapuchados y "guerriándola" de frente contra el ESMAD; otros, y estos siendo la gran mayoría, permanecieron adentro como señal de protesta, llenos de indignación por la presencia de la fuerza pública en las instalaciones de su Universidad. Algunos otros, utilizaron la biblioteca como búnker, pues allí los cogió el inició de la manifestación y el miedo les impedía salir. En honor a la verdad debo decir que la gran mayoría del estudiantado deploró la violencia como método de protesta. La gran masa era pacífica y su principal medio de decir "váyanse, no queremos que estén en nuestra universidad", era la calma y la no-agresión. La respuesta era casi inmediata: disparos lejanos de gases.  

Corrimos de un lado para otro durante casi 3 horas. 

Algunos delegados de la Personería municipal, con los que tuve la oportunidad de hablar, me contaron que estaban ahí para tratar de mediar entre las 2 partes, pero que el ambiente estaba tan caldeado que un acercamiento era casi imposible. Nos propusieron que nos dirigiéramos a la Plazoleta Barrientos, sitio central de la UdeA. Estaba oscureciendo. Fuimos al lugar con la promesa de que, estando allá, el ESMAD nos habilitaría una de las puertas (tenían custodiadas todas las porterías) para que pudiéramos salir. Paralelo a esto, otro grupo de estudiantes estudiaba la posibilidad de pasar la noche en la Universidad, algo peligroso desde cualquier punto de vista desde el cual se mire. Estando allá, en una especie de pequeña asamblea, llegaron desde dos frentes, acorralándonos, miembros del escuadrón móvil con sus gases y amenazas. Ya era de noche y solo nos quedaba correr por los corredores vacíos de los bloques 12 y 13.  

Solo queríamos salir y no nos dejaban. El pánico se apoderó de muchos. Algunas mujeres lloraban y tenían que ser ayudadas por sus compañeros. corríamos en masa, todos protegiéndonos unos a otros. 

Sonaban, cerca, explosiones de papas y disparos de gases. 

Había fogatas por todo el campus. Después de darle la vuelta a la U, logramos salir por la puerta que da al metro. Lo que vi en la calle era tan desolador como lo que había adentro. La avenida, cerrada por motos de la policía y el ESMAD, al fondo, temerario, formando una larga barrera de miembros. El asfalto lleno de escombros y una tensa calma en al ambiente. 

Todo había terminado, creí. Lejos estaba de acabarse este infierno. Yo estaba con Johana y Jaime, mis amigos de la Universidad, con quienes había estado toda la tarde corriendo de aquí para allá. Estábamos cansados, con hambre y sed. Al frente, en el Parque de los deseos, nos tomamos una CocaCola acompañados de unas empanaditas que, sinceramente, daban lástima. Cerca estaban algunos miembros del ESMAD discutiendo con una muchacha que los insultaba por todo lo que había pasado. Ellos, a diferencia de su inmutabilidad al interior del campus, le respondían y la retaban, con risas en sus rostros. Habían ganado. Nosotros escuchamos e intercambiamos algunas palabras con un miembro del escuadrón que nos dijo que estaban ahí por orden directa del Gobernador, quien es su jefe. Era un policía del Cauca, según nos contó, y llevaba ahí alrededor de media hora. Habían llegado refuerzos.  

Unos gritos. Movimientos acelerados del ESMAD. Rugido de motos que se acercaban. Disparos.  

Llegó el terror. 

Pasamos rápido la calle e ingresamos a una cafetería para evitar problemas. No sabíamos qué había pasado, ¿Por qué disparaban? ¿Qué detonó tal movimiento inesperado y exagerado de la Fuerza pública? Ya no solo era el ESMAD. La Policía Nacional hacía su ingreso triunfal dando tiros al aire y subiendo sus motos por las aceras del barrio Sevilla. Las rejas de la cafetería estaban siendo bajadas rápidamente por su dueño. No alcanzó a bajar la última. Unas fuertes manos impidieron que ésta alcanzara el piso y, como unos rudos vaqueros que entran a una cantina en el viejo oeste, alrededor de 6 miembros, entre la policía y el ESMAD, ingresaron a sacarnos violentamente a todos los que nos escondíamos en esta humilde tienda de barrio. 

Absoluto temor. 

Entraron gritando e insultando, como si estuvieran tratando con los asesinos de sus madres. Fue muy veloz. Algunos segundos, tal vez. Me agarraron del pelo y me arrastraron casi 8 metros hasta la calle, donde me golpearon fuertemente con sus sólidas botas y sus terroríficos bolillos. No solté a Johana, quien lloraba y era víctima también de su abuso. Le girtaron muchas cosas: 'perra, puta, malparida, andáte de aquí'. Recibió bolillazos. Jaime no estaba. Lo habían sacado también del pelo antes que a mí. Recibió fuertes golpes en su espalda.

Por fin, luego de correr huyendo del sadismo de estas personas que parecían cualquier cosa menos seres humanos, nos reencontramos. Johana lloraba y gritaba asustada, mientras yo tocaba todas las puertas pidiendo que nos dejaran entrar. La calle era un infierno y la policía se acercaba amenazante nuevamente. Una puerta se abrió. El cielo. Un ángel vestido de mujer nos acababa de salvar. Caímos en su garaje, temblando del miedo, y con el silencio característico de los momentos de terror. No sabíamos qué decir.  

Agua.  

Calma. 

No entendíamos qué había acabado de pasar. Raspaduras en mi pierna derecha y sangre. El codo inflamado y dolor en la espalda. La pantalla del celular de Jaime estaba partida en mil pedazos, y su espalda era el reflejo del abuso. A Johana le dolía su nalga, pero no nos la quiso mostrar para ver cómo estaba. Tirados en el piso, respirábamos más tranquilos, pero con el orgullo herido de muerte. Fuimos humillados y eso nunca lo vamos a olvidar. 

A lo lejos: disparos. Cerca, más disparos. Motos que patrullaban el barrio con sus armas desenfundadas hacían parecer a los alrededores de la Universidad de Antioquia como un pueblo desierto. Un Estado de sitio.  

Silencio. Casi imperceptible, ambulancias.  

Casi una hora después, decidimos salir. El Metro estaba cerca y ese era el objetivo. Solo queríamos estar en casa. 

Llegué pasadas las 10 de la noche, con una historia que jamás olvidaré. 

Pd: En la retina quedarán las caras y los gritos de los policías al momento del ataque. El hombre en estado puro. Salvajismo. Frenesí.  

¿Los entrenarán para ser y actuar así? 

Y por último: 

¿Quién lo defiende a uno de la policía?

Reacciones: 

1 Comment

  1. Anónimo Said,

    hey, no se puede leer un culo con ese fondo gris oscuro y esas letras negras

    Posted on 3 de noviembre de 2011, 23:39:00 GMT-5